La silla coja y el desperdicio

No sé por qué me empeño en probar todas las sillas… y todos los espacios del flamenco.

Hoy me he sentado en una silla coja -el ciclo Andalucía Flamenca en el Auditorio Nacional de Música– y por poco me voy al suelo. No me he estrellado porque después de la malagueña me he salido de la sala.

Nunca antes me había salido de una sala escuchando un recital de cualquier cosa. Pero esta vez ha sido demasiado para mi amor por el flamenco: ¡Qué espacio tan desperdiciado! ¡Qué buen partido podría haberle sacado cualquier artista flamenco si no le hubieran metido tanta amplificación y tanta megafonía!

Me he salido porque me estaba dando mucha pena el desperdicio y lo mal que estaba sonando mi música tan amada. ¿Es que nadie les ha dicho a los jóvenes flamencos que una Sala de Cámara tiene una acústica, que como en las iglesias, se oye la voz del cura desde cualquier rincón sin que tenga que gritar ni levantar la voz?

Estaba en la fila 4, y después del primer cante -los Fandangos de Huelva- me he ido a la última y, aún así, la cosa no ha mejorado; todo salía empastado: la voz de la cantaora, que aunque potente no destacaba sobre el resto del estruendo que había en el escenario, las dos guitarras, los dos palmeros -al pobre Bobote tampoco se le oía- y el “odioso” cajón.

Como siempre, he aguantado con parsimonia todo lo que me han echado: fandangos, tientos, tangos, soleá… hasta llegar a la malagueña y el abandolao; aquí, finalmente, ha hecho crack la pata de la silla: la guitarra -la misma que acompañaba a Marina Heredia.

Cuando se ha apagado la luz y ha salido la cantaora del escenario, los músicos han empezado a hacer sus solos y exhibiciones, empezando por cajón… y la menda, ha salido por pies y sin ningún rubor.

En el metro, camino de casa, iba pensando en el disco que quería escuchar para consolarme y no perder la esperanza en las mujeres cantaoras y en los guitarristas. Y me he acordado de dos videos que había visto y marcado en YouTube: aquí todas las patas de la silla son sólidas y robustas: el cante de Antoñita Contreras, y las guitarras de Chaparro de Málaga en los Cantes de Málaga, y de Laura González en la soleá.

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