Reflexiones melancólicas, descorazonadoras y sesudas

Vengo muy contenta de Málaga, y también algo descorazonada.

Madrid me ha recibido con un tiempo preotoñal que me gusta pero que me pone muy melancólica: odio el verano, y sin embargo, lamento que se termine.
Mi visita relámpago a Málaga me ha dejado un regustillo algo amargo cuando me paro a pensar lo divididas que están las fuerzas en la promoción del conocimiento del flamenco.
En el AVE de vuelta a Madrid reflexionaba, buscando una solución a la escualidez del Congreso de Arte Flamenco de este año; la organización apresurada y la falta de información -yo fui congresista el año pasado, y no he recibido ninguna información a tiempo para preparar el viaje-; la escasez de actividades complementarias de altura, la falta de interés de la mayoría de las ponencias. No puedo hablar de la calidad, porque sólo he asistido durante una mañana, pero creo que he escuchado lo mejor.
No parece que toda la culpa resida en la organización, ya que al parecer este año le tocaba a Triana hacerse cargo del congreso, pero por razones que nadie me ha contado, se ha tenido que organizar, deprisa y corriendo, en Málaga. Quizá ha llegado el momento de reducir la periodicidad de los congresos, de anual a bienal -creo que lo dejó caer el ponente José Luque Navajas.
Yo entiendo que un Congreso Nacional o Internacional de Arte Flamenco debe ser una plataforma para presentar, no libros o discos, sino las investigaciones y tesis recientes sobre flamenco: darlas a conocer, defenderlas y debatirlas. Y por experiencia sé qué la investigación seria del flamenco no puede presentar verdaderas novedades en el transcurso de un solo año. Una investigación desarrollada en sólo 12 meses no merece tal nombre: será otra cosa.
Una convención de Peñas Flamencas para hablar siempre de las mismas cosas no es un Congreso, aunque sea muy entrañable y divertido. Ver a los amigos y echar un ratito de charla y cante, año tras año, tiene mucho de saludable para el ánimo flamenco, pero no para la inteligencia.
Pero no es eso lo que más me duele. Lo que me descorazona de verdad es la multiplicación de convocatorias de este tipo por toda Andalucía. Dentro de poco tendremos otro de estos encuentros flamencos famélicos en Triana. Se han celebrado los centenarios de Manolo Caracol y Antonio Mairena en múltiples localidades y fechas; había algunos otros centenarios que ni siguiera han tenido alguna repercusión.
Creo que este año 2009 se ha perdido la gran ocasión de celebrar el Gran Congreso Internacional del Arte Flamenco: una revisión del pasado glorioso de tantos y tan señalados centenarios, y la nueva proyección de futuro que tienen los actuales estudios flamencos: única forma de atraer a los Congresos a los jóvenes aficionados e investigadores del flamenco.
No veo la forma de evitar el acabamiento de esta fórmula de convocatoria flamenca. Quizá podemos concertar un enterramiento y funeral conjunto con los festivales flamencos de verano, y nos ahorramos un pico.
Os dejo con las meditaciones de mi amiga Lourdes Gálvez del Postigo en “Malaga Hoy“, que no os van a levantar el ánimo: Congresos Flamencos.
La Porverita sin corazón
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