El caminito blanco

No sé si os habréis fijado en el caminto blanco que serpentea entre colinas y cerros pardos, rato antes de llegar a Córdoba la llana.

No es éste que he puesto a la derecha, porque el mío no es recto, ni va en llano: su blancura radiante es una extravaganza en medio de los montes, la tierra y la vegetación, oscuros y pardos, que lo escoltan hasta que se pierde detrás de uno de estos montes que se van amontonando, unos encima de otros, desde la cresta de Puertollano hasta que se aplanan y diluyen en la llanura cordobesa.

Lo descubrí hace unas semanas cuando bajaba de Madrid a Málaga y me deslumbró su blancura resplandeciente, que no tenía ningún parentesco con las tierras del alrededor. Todavía destacaba más su extrañeza por la hora, ya que estabamos en esa media luz del atardecer que borra las colores.

Al día siguiente, me sentaron en el tren en la parte derecha, en dirección a Madrid, y volví a buscarlo con la mirada, luchando con el tiempo y con la luz, temiendo que se echara la noche encima sin que lograra llegar a su altura. Era una hora más avanzada, pero había luna llena y estaba segura de que mi caminito blanco saldría a saludar a la viajera del AVE.

Hoy, camino de Sevilla, era mediodía y he vuelto a buscarlo, pero el día estaba lleno de luz y aún siendo blanco, bien blanco, el cielo algo nublado, compartía su color y le restaba protagonismo. ¡Qué luz y qué nubes tan malas, que emborronan mi caminito!

¡De dónde habrá venido esa grava blanca, tan blanca, de mi camino!

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