Un durísimo golpe

No acabo de reaccionar.

Ayer me enteré de la muerte de un buen amigo y buen flamenco que no había visto en los últimos -pocos- meses. Yo pensaba que era yo la que andaba desaparecida, pero era él el que estaba tocado de muerte: Angel Lacalle.

Ni siquiera me había enterado de su enfermedad, y me parece como si lo hubiera visto hace bien poco tiempo. Creo que le comenté la muerte de mi madre, y recuerdo un comentario suyo, de comprensión, por haber pasado por este trago él mismo. En mi recuerdo, siempre lo recordaré joven y sano.

Ha debido ser algo fulminante, y una no se acostumbra fácilmente a estas pérdidas súbitas, y de amigos entrañables y relativamente jóvenes, con los que compartía afición flamenca.

No me acostumbraré a no verlo en el Colegio Mayor Isabel de España; lo echaré mucho de menos en los saraos flamencos “elegidos” que frecuentábamos. Será insustituible en las Jornadas Flamencas de La Fortuna (Leganés). No volveremos a discutir amigablemente -sobre todo en el coche- sobre nuestras respectivas manías.

No es justo que te hayas marchado tan pronto y tan rápido. ¡Qué solos nos dejas! ¡Cómo te vamos a echar de menos! ¿Qué vamos a hacer sin ti?

Me gustaría dedicarte un cante muy jondo, pero no me saldrían las palabras.

Descansa en paz, amigo.

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